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Selene DraxEXPEDIENTE · SD-01

ARCHIVOS EXCLUSIVOS DE DRAGONHALL

01 — EL PRIMER DÍA DE SELENE

El Primer Día
de Selene

CAPÍTULO EXCLUSIVOCONTENIDO ADICIONAL DEL UNIVERSO DRAGONHALL
ARCHIVO 01

El Primer Día de Selene

CAPÍTULO EXCLUSIVO

Aquella mañana, el ruido de la lluvia me despertó. Todavía estaba acostada. Miré hacia la cama de al lado; mi hermana Catherine roncaba, profundamente dormida. Me di la vuelta hacia la ventana y, desde el colchón, me quedé observando cómo las gotas de agua golpeaban el cristal. Sabía que tenía que levantarme temprano. Algo crucial ocurría ese día: era mi primer día de clase en Dragonhall.

Mientras contemplaba la tormenta, me pregunté cómo sería todo en ese nuevo lugar. Inevitablemente, los fantasmas del pasado regresaron a mi mente. Yo era alguien que había tenido que aprender a ser fuerte a la fuerza. Saber que convivíamos con alguien capaz de hacer cosas monstruosas había sido el primer golpe que nos dio la vida. A raíz de ese día, mi hermana Catherine cambió. Antes éramos inseparables en todo lo que hacíamos y pensábamos, pero la vida nos propinó un impacto durísimo, de esos que son difíciles de curar.

A partir de entonces comprendimos que no éramos dos personas normales; podíamos sentir lo que los humanos comunes eran incapaces de notar.

En el antiguo instituto había varios compañeros que siempre se metían conmigo porque yo era la más débil de las dos, la más tímida. Muchas veces me atacaban y yo guardaba silencio por miedo a meter la pata y que todos se rieran de mí. Entonces siempre aparecía mi hermana a defenderme. Ella sí tenía el carácter para hacerlo; no toleraba que nadie se metiera conmigo y, por supuesto, tampoco con ella.

Yo era la rara, la que no se relacionaba. Llevaba gafas desde muy pequeña. Había un chico en clase que se llamaba Mars, el gracioso del grupo. Recuerdo que un día entré al aula y, mientras él hablaba con varios compañeros, me llamó. Me acerqué para ver qué quería y me soltó delante de todos: «¿Para qué miras hacia el otro lado si estoy enfrente? Mirad, chicos, si es vizca, tiene el ojo torcido». Todos empezaron a burlarse de mí. Yo no hice nada; me di la vuelta y me senté en mi sitio, callada, tragándome la humillación. Pero mi hermana, que estaba con una amiga apoyada en la pizarra esperando al profesor, vio perfectamente cómo me había tratado Mars. Lo primero que hizo fue dejar a su amiga con la palabra en la boca. A mí no me dio tiempo ni a reaccionar. Me senté y, al levantar la cabeza, lo único que vi fue el zumo de Mars volando por el aire, a él estampado en el suelo y a mi hermana pisándole el pecho con el pie mientras le advertía que, como volviera a meterse conmigo, se iba a enterar.

Siempre estaba ahí para protegerme, pero eso, aunque ella no lo supiera, me hacía sentir todavía más pequeña. Yo necesitaba aprender a defenderme sola.

Jamás olvidaré el día en que mi vida dio un vuelco total y empecé a utilizar mis propias habilidades para defenderme de los que antes me hacían daño.

Aquel día del instituto llegué tarde y entré de las últimas a clase. Mi hermana se había quedado en casa, enferma con un virus estomacal. Yo sabía que, sin ella allí, algo malo me pasaría; de hecho, no quería ni ir. El simple hecho de pensar que se meterían conmigo me ponía enferma. Pero fui valiente y asistí sola. En cuanto crucé la puerta, Mars, al ver que no tenía protección, empezó a maquinar en su mente la forma de dañarme y dejarme en ridículo ante los demás. Lo que él no sabía era que yo ya era un Eco. Podía escuchar perfectamente su maldad, el plan exacto que estaba tratando para humillarme.

Sabía paso a paso lo que pretendía. Había acordado con varios compañeros llamarme durante el recreo para preguntarme si iría a la excursión al Lago Ness programada para los próximos días. En cuanto yo respondiera que sí, diría delante de todos: «Mirad, chicos, ya no hace falta localizar al monstruo del Lago Ness, si ya la tenemos aquí», mientras me hacía muecas imitando un ojo torcido.

Cuando me llamó, me acerqué a donde estaba con sus cuatro amigos. Antes de que pudiera articular palabra, le solté:

—¿Me vas a hacer la bromita del monstruo del Lago Ness? Pues creo que se te ha quedado un poco corta. ¿La pensaste mientras te pajeabas recordando a Moniss?

Moniss, la chica más popular de la clase, estaba justo a su lado. Mars se puso pálido, desencajado.

—¿Yo? ¿Qué dices? —tartamudeó.

—Vergüenza debería darte —continué, elevando la voz—. Moniss es la novia de tu mejor amigo.

Su amigo, que estaba a su lado, lo miró con furia acumulada.

—¿Qué pasa, tío? Serás capullo...

—¡Esta tía está loca! —gritó Mars, intentando defenderse.

—¿Yo? ¿Loca? Abre tu móvil si tienes huevos y enséñale a tu colega las fotos que tienes guardadas de Moniss. Cuéntale para qué las utilizas, guarro.

Por primera vez en mi vida, me sentí grande. Superior a ellos. Llena de una fuerza que jamás creí poseer.

Cuando regresé a casa aquella tarde, subí corriendo las escaleras para contárselo a mi hermana. Abrí la puerta de golpe; ella estaba sentada sobre la cama. Empecé a contárselo todo con emoción, y de pronto ella me interrumpió:

—Joder, pues yo no tengo la misma capacidad que tú. Parece como si mis habilidades fueran retardadas o más flojas.

Lo que ninguna de las dos sabíamos en ese momento era que, al ser gemelas, el Eco despertaba en una y en la otra hacía un efecto espejo. Podíamos llegar a compartir habilidades, pero la que poseía el don real era yo, Selene.

Un trueno lejano me trajo de vuelta al presente, rompiendo el recuerdo. Miré el reloj de mi mesita de noche; era la hora de ponerme en pie. Me levanté despacio para no hacer ruido y no despertar a Catherine. Justo cuando iba hacia el baño para ducharme y vestirme, oí su voz a mis espaldas:

—Selene, ¿ya es la hora?

—Sí —le contesté, deteniéndome.

Catherine se levantó y se dirigió hacia mí. Su rostro reflejaba una seriedad absoluta.

—Es muy importante el motivo por el que vas a Dragonhall —me recordó en un susurro—. Solo lo sabemos nosotras, y tiene que seguir siendo así hasta que consigamos nuestro propósito.

Asentí con fuerza, mirándola a los ojos.

—No te preocupes. Ya está todo hablado y planeado.

Me dio un abrazo tenso, de esos que duelen, y me dijo al oído:

—No vuelvas sin él. Toma el cuaderno y no lo pierdas; ya sabes para qué es. Utilízalo siempre que necesites hablar conmigo.

Entré en la ducha tratando de asimilar sus palabras y, cuando salí y volví a la habitación ya vestida, ella ya no estaba allí.

Cogí mis cosas y bajé las escaleras. En la cocina me esperaban mis padres y mi hermana. Me habían preparado el desayuno: unos huevos con bacón y un café calentito. Miré el reloj de la pared y vi que iba un poco justa de tiempo, así que no me entretuve demasiado. Agarré mi mochila, me la colgué a la espalda y me acerqué a la mesa.

—Quiero un abrazo de cuatro —les pedí.

Se levantaron de inmediato y nos fundimos todos en un abrazo apretado. Vi a mi madre con los ojos brillantes, rebosante de orgullo porque su hija había pasado las exigentes pruebas para entrar en Dragonhall, la mejor universidad de criminología de Inverness. Lo que ella no sabía era que aquella no era la típica facultad de criminología. Era un lugar mucho más oscuro, un sitio donde te preparaban para pensar como un monstruo y actuar como tal. Para poder atrapar a los asesinos en serie, primero había que habitar su mente. Y en eso, por desgracia, yo ya me había vuelto una experta.

Salí de casa y caminé hacia mi moto, una Ducati Monster de color negro satinado. Al mirar atrás por última vez, vi a mi madre con un pañuelo en la mano secándose las lágrimas; siempre había sido la más sentimental de la familia. A su lado, mi padre y mi hermana se despedían agitando las manos.

Arranqué el motor. Llevaba el casco enganchado en el brazo; empecé a conducir así porque necesitaba sentir el aire frío en el rostro antes de taparme. Quería respirar el olor a tierra mojada tras una noche entera de tormenta mientras mi cabello se agitaba con el viento. Tras unos metros, me detuve, me puse el casco y apreté el puño del acelerador, ganando velocidad por la carretera.

Ahora ya no había marcha atrás. Había llegado el momento de comenzar mi misión. Una misión tan crucial que sabía, con absoluta certeza, que no saldría de Dragonhall sin haberla cumplido.

Mientras conducía, la vista de las Highlands resultaba deslumbrante entre colinas cubiertas de brezo y praderas interminables. La lluvia de la noche anterior había dejado el asfalto brillante. A lo lejos, las montañas se perdían entre la niebla, mientras pequeños lagos oscuros aparecían de vez en cuando junto a la carretera. Cuanto más avanzaba, más tenía la sensación de estar alejándome del mundo conocido y acercándome a algo mucho más antiguo.

Por fin, al salir de una curva, pude ver Inverness. Ya quedaba menos para llegar. Divisé un cartel que ponía «Dragonhall University» y me desvié hacia allí. Al final de la carretera ya se alzaba la universidad: era impresionante, un titán de piedra que gritaba a los cuatro vientos su antigüedad, mezclado con una esencia tecnológica que parecía emanar de las propias paredes.

Cuando llegué al aparcamiento, estacioné la moto justo al lado de un coche de color rosa chicle. Me llamó muchísimo la atención; parecía el coche de una de mis muñecas de la infancia. Dentro había una chica grabando con su móvil. Al parecer, estaba haciendo un directo en Tik Tok.

Me quité el casco y, mientras dejaba asegurada la moto, noté que me hablaban.

—¡Hola! Soy Iris Valmont, y ella es Estela Ward. ¿Y tú?

—¿Yo? Yo soy Selene Drax.

—¿Primer curso? —me preguntó Iris, a lo que le respondí que sí—. ¡Ah, pues mira qué bien! Todas somos de primer curso.

Iris volvió a mirar a la pantalla de su teléfono, despidiéndose de su audiencia con una sonrisa radiante:

—Bueno, amores, os tengo que dejar, que ya vamos a entrar a la universidad. En cuanto esté colocada en la residencia abro otro directo y os cuento. ¡Chao, besitos!

Así era Iris: vivía por y para sus seguidores. Estela era su mejor amiga; las dos habían hecho juntas el examen para entrar en Dragonhall.

—Tengo un poco de prisa —les dije, interrumpiendo el momento—. Todavía tengo que hacer el registro de entrada.

—No tengas prisa, si no nos van a quitar la plaza —se rió Iris.

Estela ni le hacía caso; llevaba los AirPods puestos escuchando música, completamente metida en su propio mundo.

—Bueno, yo me voy ya. Os dejo, si eso nos vemos luego.

Iris me miró y reaccionó de inmediato:

—¡Si nosotras también vamos a hacer el registro de entrada! Vamos juntas, qué guay. Tengo tanta ilusión y emoción al mismo tiempo... ¿Cómo serán los chicos aquí? Son cazadores, amigas, a ver si nos van a cazar a nosotras —bromeó con una risita.

La miré de arriba abajo y pensé: «Si esto es lo que me voy a encontrar aquí, menuda la que me espera».

Delante de nosotras se alzaba un impresionante castillo gótico. Mientras avanzábamos por las escaleras para acceder al edificio principal, contemplé la entrada, flanqueada por columnas de piedra talladas a los laterales y coronada por techos abovedados. Sin embargo, entre columna y columna se acoplaban pantallas LED que caían del techo, mostrando rostros de estudiantes y marcadores de puntuación. Avancé unos pasos más y me planté justo debajo de un enorme holograma flotante donde se proyectaba la palabra «Dragonhall» junto al sello de un dragón.

Me quedé allí quieta, admirándolo. Ahora sí que estaba dentro. Y no pensaba abandonar Dragonhall hasta encontrar aquello que había venido a buscar.

EL ARCHIVO CONTINÚA EN LA NOVELA

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